Fragmento de "Psicosíntesis". Roberto Assagioli

..."Si supiéramos de la existencia de un gran Sabio dotado de elevados poderes espirituales, un Sabio amoroso y desinteresado, ciertamente surgiría en nosotros un vivo deseo de hablarle, de pedirle consejo y ayuda. Y si éste viviera en una ermita, en lo
alto de la montaña, ¿acaso no estaríamos dispuestos a acometer la ascensión para llegar hasta él?

¿Acaso no estaríamos dispuestos a recibir sus valiosas enseñanzas y a ser vivificados por la energía y el amor irradiados por él, y a someternos a la disciplina de una determinada preparación
psicoespiritual? Rápidamente nos daríamos cuenta de que su ayuda nos evitaría errores, sufrimientos y penalidades, transformando verdaderamente nuestra vida.

Pues bien: existe un Sabio así, un Maestro de este tipo; está muy cerca y siempre presente en cada uno de nosotros. Es el Yo Superior, el Sí Mismo espiritual. Para llegar hasta él es preciso, hacer un viaje, sí; pero un viaje por los mundos internos. Para alcanzar su morada es necesario escalar, ascender hacia las alturas del superconsciente. También es necesaria una adecuada preparación psicoespiritual a fin de poder resistir la afluencia de su fuerza, así como para captar sus sutiles mensajes distinguiéndolos de todas las demás voces interiores, y también para comprender e interpretar correctamente su simbolismo. Es preciso, en fin , estar dispuesto a realizar con firme y constante voluntad todo aquello que nos indique.

Ciertamente, esta preparación no es nada fácil. El Sí Mismo espiritual considera las cosas, los acontecimientos y los seres de una forma muy distinta a la del Yo Personal. Su sentido de los valores y de las proporciones es muy diferente del de la conciencia ordinaria, cuya visión no alcanza para ver más allá de sus narices.

Las indicaciones del Sí Mismo corresponden al bien verdadero, pero pueden contradecirse con nuestros deseos o nuestras preferencias personales. El Sí Mismo no requiere sacrificios, en el sentido usual y erróneo de renuncia forzada y dura, pero sí
en el sentido de una consagración que implica la eliminación gradual de muchas cosas, costumbres y actividades que resultan nocivas e inútiles, o menos importantes, para hacer espacio y dedicar nuestro tiempo a aquello que realmente vale la pena.

Además, el Sí Mismo, con su sabiduría y amor comprensivo, no exige hacer esto de forma inmediata ni perfecta. Es paciente y puede esperar, sabiendo bien que con seguridad, y más o menos
lentamente, alcanzaremos la elevada meta que nos ha destinado y que él tiene presente desde el inicio mismo de nuestro peregrinaje evolutivo. En otras palabras: el Sí Mismo posee el sentido de lo
eterno; o, mejor dicho, vive en el eterno. Pero en el eterno
presente, no en una eternidad sólo transcendente escindida del devenir evolutivo.El «eterno presente» es una expresión paradójica que es intuida, pero que nos da la llave de una verdad fundamental: la relación entre lo trascendente y lo inmanente, entre el ser y el devenir.

Es la vida plena, que es precisamente la síntesis del ser y del devenir. En nosotros, ambas están o deberían estar presentes, conscientes y operantes. Deberíamos vivir atentos y conscientes cada instante, pero desde la profundidad de lo eterno. Entonces sobreviene la síntesis del instante, lo eterno y su ciclo. La vida se desarrolla en ciclos, ciclos que son instantes orgánicamente vinculados, precisamente, a cualquier cosa que los trasciende: a lo Eterno. Ello se expresa sintéticamente en la frase »El glorioso y
eterno presente».

Para ponerse en relación consciente con el Sí Mismo, es preciso «sintonizarse» con él. La analogía de la radio puede ayudarnos a comprenderlo. En un principio se pensó en aumentar la potencia de los aparatos receptores a base de multiplicar las válvulas, pero pronto se vio que la potencia perjudicaba la calidad y la pureza de los sonidos. Así, poco a poco, se dio más importancia a la finura y a la claridad de la recepción que a la potencia necesaria para captar la emisora.

Lo mismo sucede en nosotros. El problema no es tanto el de «recibir» (en cierto sentido, siempre serecibe aunque demasiado y de todas partes a la vez), sino que se trata de desarrollar una sintonía cada vez más refinada y sutil. Para esta necesaria preparación, resulta imprescindible superar las reticencias,la rebelión de nuestro egoísmo y de nuestra propia pereza moral (todos somos moralmente perezosos, aunque lo disfracemos con la actividad externa que, a menudo, suele ser una evasión, una pasividad disfrazada precisamente de actividad); pero podríamos conseguirlo si nos diéramos cuenta y recordáramos continuamente que realmente vale la pena.

El Maestro interior, el Yo espiritual y omnisciente, ve el futuro, posee admirables poderes de los cuales no podemos fijar los límites; su guía, su inspiración y sus múltiples ayudas pueden proporcionarnos paz, seguridad y suscitar en nosotros el gozo y el amor, convirtiéndonos en eficaces instrumentos de ayuda para los demás.

Los símbolos del Sí Mismo son múltiples, y cada uno indica y sugiere un aspecto. Entre los de uso más generalizado están: la estrella; la esfera de fuego irradiante; la figura de un ángel, que los orientales llaman «Ángel Solar»; el Maestro interior; el anciano Sabio; el Héroe; el Guerrero interior.

Pero somos nosotros quienes debemos invocarlo; somos nosotros quienes debemos dar el primer paso, abrir la puerta, crear el canal de comunicación; sólo así intervendrá el Sí Mismo, porque él no
obliga, no coacciona. Tenemos el don de la libre voluntad, del que a menudo hacemos mal uso, pero que es el don más precioso porque nos conduce a través de Lis experiencias, los errores y los
sufrimientos, hasta el despertar.

El Sí Mismo no obliga a nada, pero si le llamamos, nos responde.Continuamente nos encontramos con la paradoja de la dualidad y de la unidad de la Divinidad.

De la estrella, del Yo espiritual, desciende el yo personal, su reflejo; podríamos encontrar en ello uno delos significados de la parábola del hijo pródigo. El yo personal es el hijo pródigo que ha bajado al mundo de la materia y ha olvidado su origen, hasta que, después de haber cometido libremente todaslas tonterías de las que era capaz, todos los errores (de «errar», con el doble sentido de equivocarse y de ir errando), siente nostalgia por la casa paterna, la busca y, finalmente, la reencuentra. Pero no basta con admitir o reconocer intelectualmente esta dualidad en la unidad; aunque esto también haya que hacerlo, es sólo un paso previo. Se trata de realizarla, de vivirla. Y antes de llegar a la reunificación hay que pasar por todo el proceso del dramático «coloquio interno», de la invocación, de la demanda, de la respuesta; después, poco a poco, llega el acercamiento, la chispa cada vez más frecuente y más viva entre los dos polos que se aproximan y que en uno u otro instante se «tocan», para después separarse de nuevo... hasta que llega el momento de la gran paz, cuando los dos devienen en Uno.....